Hanna

Después de tres días de aburrimiento y de desconsuelo, después de escuchar constantemente a Hanna y su delirio anti-emotivo, simplemente quería estar en la cima del Kilimanjaro, solo, congelado, con los ojos cerrados.
Me pregunto cómo las Hannapersonas me encuentran en un mundo de múltiples caminos, ni yo recuerdo cómo tropecé de nuevo.
Llevábamos ya varios días ideando un curso literario para preparatorianos hiperactivos, pero para como iba el asunto pasaría un siglo completo sin unanimidad de ideas.
Llegué al punto máximo esa tarde, se lo dije con un tono de tontería seria (que por lo general nadie distingue).
-¿Porqué no hablamos de Shakespeare trabajando como carnicero con su padre?, limpiando vísceras mientras recita Mc Beth o tal vez de Joyce tirado en un burdel desconocido de Dublín con la borrachera de regreso hasta su garganta; pongámoslo en perspectiva, sería un curso libre y para nada extenuante (Hanna me veía detenidamente, sin gesto alguno, me la pude imaginar encendiendo un cigarrillo, pero ella no fuma). Sería un estudio literario-social, un espejo de aprendizaje para los venideros, para los próximos niños Kafkianos, Borgianos o cualquiera que se les apetezca.
Veía a Hanna a los ojos y sentía que ella me observaba, seguí hablando durante al menos tres horas, pero ella no reflejaba nada.
-Las peleas que pasó Piramdello con su familia para poder reflejarlos como actores de una tragicomedia ya escrita. La sociedad animal salpimentada por Orwell en un mundo inconsciente y sin fervor de libertad para con los demás. Max Frisch y su Homo Faber, adjetivando estúpidamente las raíces de nuestro país y de algunos otros para salir airoso y no ensuciarse los pies en el camino.
-¿Qué piensas?, pregunté casi gritando.
Hanna parpadeó.
-¿Qué decías?, contestó moviendo la cabeza.
Ese día descubrí que Hanna tenía, además de la capacidad de privarse, la facilidad, poder o como sea que se le quiera llamar, de dormir con los ojos abiertos.

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